intenta no subestimar las hipótesis e interpretaciones de
la enfermedad y sus remedios, tal como se han tenido en civilizaciones
antes del advenimiento del método bernardiano, la
fisiologÃa y nuestra orgullosa calificación de cientÃfico a nuestro
oficio. No lo intenta, sino por lo contrario pretende demostrar
que cada sociedad ha tenido sus propios males, males
“que ha asumido de una manera coherente a sus creencias y a
los ideales que le fueron propiosâ€. Exagerando podrÃa decirse
que Sendrail adjudica a cada cultura una patologÃa caracterÃstica
de la misma manera que se le pueden asignar instituciones
o un estilo particular de arte.
Para la antigüedad, la existencia de la lepra constituÃa no
solamente una enfermedad sino un “fatumâ€, un destino al cual
era casi imposible substraerse. Durante la Edad Media la enfermedad
especÃfica fue la peste, que materializaba una concepción
trágica de la existencia y ejemplificaba un castigo
colectivo enviado por Dios. La aparición y extensión de la
sÃfilis en el siglo XVI es significativa porque ocurre en un
momento de crisis moral y espiritual: el contagio venéreo era
una consecuencia natural del modo de vivir de navegantes y
exploradores y también resultado del libertinaje en Europa.
En el siglo XIX, en que se canta el amor romántico y se
describe en forma escandalizada la miseria social del inicio
del maquinismo, la enfermedad caracterÃstica será la tuberculosis.
Y en el siglo XX en que se logra la prolongación de la
vida humana y se altera la naturaleza, al grado de producir
contaminantes en todo acto de la vida, la enfermedad tÃpica es
el cáncer.
Durante la época prehistórica el hombre conoció tan solo
el mal; un mal anónimo, indefinible, más una maldición que
una enfermedad. Sin embargo, la paleopatologÃa nos ha enseñado
que nuestros ancestros eran con gran frecuencia vÃctimas
de padecimientos ósteo articulares deformantes, seguramente
muy dolorosos. Pero entonces, e inclusive más tarde,
en el inicio de la época histórica y por
—podrÃa decir que hasta la actualidad—, el hombre interpreta
la naturaleza valiéndose de un modelo de “mundo invisibleâ€,
poblado de divinidades benéficas o maléficas... y utiliza
el mito para concretar su pensamiento. Cada enfermedad tendrá
asà su propio mito y su propio demonio.
En el tercer milenio antes de Cristo las enfermedades comienzan
a tener una imagen distinta una de otra; de entonces
datan los textos más antiguos que reverenciamos y los esbozos
de una farmacopea primitiva, de composición puramente
vegetal. Pero como la interpretación de la enfermedad continúa
atribuyéndola a una ingerencia cruel y oculta de los dioses
y demonios, a cada padecimiento se le designa con el nombre
de esas divinidades. Obviamente se ha pecado de adulterio,
de incesto, de impiedad, sacrilegio o de la mera transgresión
de algún tabú y, para aliviar el mal debe hacerse primeramente
el diagnóstico, buscando en el inconsciente el recuerdo
de concupiscencias (como nos decÃan en la primaria), o delitos
de cualquier orden que permitieron alojarse dentro del alma
al demonio para luego, mediante exorcismos, encantamientos
o inclusive medicinas, deshacerse del molesto huésped.
Hipócrates introdujo en el siglo V antes de Cristo, el concepto
no nada más laico de la enfermedad sino “historiadoâ€,
es decir, que sigue un curso temporal desde su inicio hasta la
crisis o lisis, y luego hasta el desenlace, feliz o fatal. Fue el
primero que describió lo que ahora llamamos la Historia Natural
de la Enfermedad y fundó la nosologÃa en sus libros sobre
las epidemias, las heridas, las hemorroides o la epilepsia.
Pero la historia clÃnica que se empezó a hacer entonces y se
sigue haciendo hasta hoy, no cuenta nada del individuo, de la